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Las cosas de visita

06/01/2011

La vida se divide en categorías, como el mundo. Y mundo, vida e individuos, para nosotros, dominadores, se conectan a través de los objetos. Las cosas, los objetos, son un género de la realidad, una franja de lo existente; son como animales mudos y sin movilidad, a los que a veces asignamos más vida que a los animales verdaderos.

Los grandes lugares dedicados a la exhibición se organizan alrededor de categorías funcionales en las que se divide la realidad o el mundo. Los museos artísticos, históricos o científicos, los zoológicos, los jardines botánicos, los observatorios y acuarios, las galerías y bibliotecas, etc. ¿Pero dónde queda esa gran categoría de las cosas en general, que acompaña con precario silencio cada franja de la vida y de la cultura? Las cosas terminan siendo mudas bajo el peso se la producción industrial, la estandarización y la segmentación del consumo. Terminan, pero también comenzaron siendo mudas. Creo que son naturalmente mudas por dos motivos vinculados.

En primer lugar, somos incapaces de someter a los objetos auxiliares, las cosas de uso diario o de ayuda utilitaria, a trabajosas clasificaciones abstractas; y la clasificación es una de las pocas operaciones que otorga voz a las cosas. En segundo lugar, no sabemos qué tipo de organización de la realidad se encuentra vinculada a la palabra “cosa”. En la medida en que las cosas pueden ser los objetos materiales y los valores o los afectos, o las convicciones o situaciones, la indeterminación general sumerge la idea de cosa en una dimensión muy amplia.

Hay un tercer motivo para que las cosas sean mudas, que deriva de los dos anteriores. En tanto objetos silenciados y frecuentes, establecemos con ellos relaciones de intimidad, de confianza. Son muchas veces los baluartes de nuestros secretos inconfesables, los testigos mudos de los usos desviados o de los sufrimientos irremontables. Eso les otorga una voz muy delicada que bordea con el silencio, tanto que termina hundiendo a las cosas en un silencio todavía mayor, y en ocasiones ominoso.

El Museo de las Cosas sobrevuela estas ambivalencias. ¿Qué es lo que muestra? ¿Los objetos propiamente dichos, cada uno de ellos, hasta la más silenciosa jarra de loza; o los mismos agrupamientos funcionales, históricos o morfológicos gracias a los cuales los objetos están organizados y exhibidos en las vitrinas? Quiero decir: para seguir con el ejemplo, ¿muestra cada una de las jarras exhibidas o la idea más o menos materializada de “jarra”?  La elocuencia de este museo se apoya en la inútil aclaración de este enigma.

El Museo de las Cosas (Museum der Dinge) está en el barrio de Kreuzberg, en Berlín. Ocupa un amplio apartamento de un edificio algo vetusto, en cuyas paredes externas pueden verse los grafitis o esténciles típicos de algunas áreas aparentemente alternativas de esta ciudad. El museo no se distingue mucho desde afuera, cuesta encontrarlo aun cuando uno lleve anotada la dirección. Esto es así porque las mismas señales orientadoras que hay en el exterior (en el muro del frente, en el patio interno del edificio, donde estacionan autos y en el pasado seguramente lo hacían carros de caballos, en la pared del costado) están de algún modo mimetizadas con las marcas o creaciones visuales que suelen verse estampadas sobre las fachadas.

Deliberado o no, es un gesto ambiguo del Museo, que señala su presencia y a la vez busca pasar desapercibido. A lo mejor no podría ser de otro modo, ya que su colección, para llamarla de algún modo, propone una relación extraña con la idea de exhibición y con la idea de original –ideas, como se sabe, cuyo sentido recto forman parte de las premisas básicas de cualquier noción de museo.

Este Museo muestra objetos en general, no piezas que deban ser consideradas originales más allá, digamos, de un inherente principio de identidad. La exhibición habitual propone un recorrido a través de objetos de uso cotidiano, según criterios de uso, de morfología y de componentes utilizados para su fabricación, desde fines del siglo xix hasta épocas recientes. No hace falta enumerar los objetos reunidos, porque ello implicaría una larga y previsible lista. Son los objetos que pueden encontrarse en cualquier casa o comercio; objetos, a veces utensilios, de uso común, o de uso específico pero no especializado.

Es notorio que al Museo lo mueve una débil inclinación por lo irónico, en la medida en que el valor dado a cada objeto exhibido no está dado por su condición de original o único, sino al contrario, por formar parte de una serie, de una familia de objetos que han sido fabricados en determinado momento y en virtud de ciertos criterios, cosas que los vinculan con otros objetos, tan diferentes y tan indiferenciados como éstos, presentes en las vitrinas de los museos o en la memoria de los visitantes.

Ampliando ese gesto irónico pueden incluirse sus exhibiciones dedicadas al kitsch, cuyas piezas están agrupadas bajo una denominación menos despectiva pero valorativamente más tajante: se trata de objetos bastardos. La noción de objeto bastardo proviene de la capacidad de cualquier objeto para causar daño, más allá de un uso físico posiblemente lesivo. La tesis es que un objeto puede causar un daño moral por el tipo de relación que establece con su eventual referente, con el uso asignado o con el usuario; o también puede tratarse de daño ambiental, según los materiales de que esté hecho; puede ser incorrecto políticamente, etc.

Hay muchas maneras de ser bastardo para un objeto, y parte de la ironía del Museo consiste en mostrar, si bien silenciosamente, que muchos de los objetos no-bastardos pueden estar a un paso de serlo. Ejemplarmente ese paso no depende de las cosas sino del contexto cultural, de la época en general y de infinidad de elementos.

Hasta aquí un resumen breve del Museo. Frente a sus vitrinas uno asiste a los distintos momentos del diseño y de la fabricación, básicamente alemanes, de cosas tales como platos, cubiertos, artefactos hogareños, vestimentas, envases, muebles, juguetes, objetos de cuidado personal, utensilios de cocina, amuletos, adornos, aparatos eléctricos, calzados, maniquíes, etc. El recorte es parcial y arbitrario; hay muchos encendedores pero no están todos los encendedores; hay varias jarras y tazas de té, pero no están todas. La causa es que el Museo se basa en objeto cuyo diseño, o cuya conjunción entre diseño, material y uso, son históricamente o culturalmente relevantes.

Pero no era al Museo en sí a lo que buscaba referirme, sino más bien al trance entre etnográfico, indiscreto y estético al que el Museo somete a sus visitantes. El Museo es a su modo una larga enumeración objetual, y en la sucesión regulada y casi interminable de estantes y vitrinas –como si fuera la exhibición privada de un fanático que ha decidido coleccionar todo— advertimos el silencio extremo pero a la vez clamoroso de esas cosas.

Hemos llegado hasta ahí para ver lo conocido, sabiendo que no encontraremos ningún original (nada más alejado de la idea de original que la moral de este sitio: según la lógica clasificatoria aquí presente, originales son todos los objetos y ninguno a la vez, incluso cuando se trata de artesanía, por ejemplo los artefactos confeccionados manualmente durante la posguerra: peines de clavos, ralladores de latón perforado, espejos de papel); originales son todos los objetos y ninguno, pero debido a una suerte de trasposición quizá provocada por la serialidad y el ajuste clasificatorio impuesto por la exhibición, reponemos, o imaginamos, la parte de memoria que esos objetos captaron.

Sin piezas únicas y casi sin originales, pero colmado de documentos de sí mismos (no otra cosa son los objetos anónimos: su propia materialidad) el Museo predica una historia indiferente a nosotros como espectadores. Caminando por los corredores y entre sus vitrinas uno recuerda tanto los objetos de la infancia como los que se venden en los baratillos o ferias los fines de semana.

También me tocó recordar otra cosa: la casa del venezolano Alfredo Armas Alfonzo, en Colinas de Bello Monte, en Caracas. En un momento temprano de su vida, el escritor decidió que absolutamente todo objeto con que se cruzara era coleccionable. Fósforos y facturas de hotel, botellas y juguetes, fotografías, libros y mapas, boletos de avión, letreros, postes y cajas de encomienda. El coleccionista como acopiador que convierte su vida en una secuencia documentalista. Como en el Museo, aunque con distinta motivación, la infinidad de objetos que uno advierte están allí, en esa casa por cuyo interior es difícil caminar por la falta de espacio, se han visto apartados de su destino declinante y de desuso por la decisión de Armas Alfonzo.

En uno y otro caso, es como si hubieran decidido mirarnos desde cajas o vitrinas, ello es secundario, básicamente desde su condición no estética. Son objetos fabricados que están exiliados del uso, reunidos para contemplar a quienes gustan visitarlos después, a veces, se haberlos usado hasta la fatiga recíproca.

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